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Editorial Central blog content
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Por Alexandra Velasco
Llegaron una vez más las elecciones y con ellas los desagradables efectos estéticos que se plasman en nuestro espacio público. Parece que ya es normal ver las paredes, postes y parterres llenos de afiches, banderines y propaganda de candidatos políticos. Y, aunque existen ordenanzas que prohíben este tipo de propaganda electoral, el abuso y la falta de conciencia de los partidos políticos sobre el respeto al ornato y al espacio de todos han permanecido inalterados por décadas.
Tenemos así la ordenanza No. 0059, Art. II. 245 que prohíbe la publicidad fija en los árboles, las márgenes de ríos y quebradas, y cualquiera que obstruya o entorpezca el disfrute y apreciación del paisaje natural. Tampoco es permitido ubicar propaganda en los postes y torres destinadas a la provisión de servicios públicos, tales como agua, luz, teléfonos o postes de semáforos. Pero lastimosamente, quienes detentan el poder económico expropian a la ciudad importantes áreas no solo con sus imponentes edificaciones, sino también con el uso abusivo de la gráfica publicitaria monumental que recubre buena parte de fachadas y azoteas de la urbe. Por su parte, organizaciones políticas de todo tipo, a veces con el consenso de la comunidad, a veces sin él, usan paredes y espacios de la calle para tratar ideológico con el derecho que suponen les da la “nobleza” de su causa.
En este contexto, aplaudimos la iniciativa de la Comisión Metropolitana de Lucha contra la Corrupción Quito Honesto y de Participación Ciudadana, quienes iniciaron en agosto una campaña de concientización denominada “Paredes limpias, candidatos honestos”. Esta campaña ha incluido a 400 estudiantes de 25 colegios como veedores ciudadanos, los cuales realizarán el control y reportes diarios a las comisarías de las administraciones zonales acerca de las violaciones a la Ordenanza Municipal 3067, que prohíbe publicidad en el Centro Histórico y otras zonas monumentales y tesoros patrimoniales de la ciudad. Además, se levantará una campaña cívica para que los ciudadanos sancionen a los infractores no otorgándoles su voto.
Nuestro entorno cada vez se encuentra más asediado por anuncios de todo tipo. Por eso, es imprescindible que los candidatos y también los publicistas empiecen a pensar que los espacios urbanos deben ser respetados, porque la contaminación no solo es sonora o atmosférica, también es visual. Hay que retomar el espacio público y reclamar lo que miran nuestros ojos al caminar cada día por la ciudad.
Edición No. 30 - Septiembre 2006
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Por Diego Puente Corral
En el mundo actual, los mayores problemas ambientales, sociales y de salud se producen en las concentraciones urbanas. Miles de personas interactúan y, no pocas veces, se disputan por el acceso a los recursos y bienes que de alguna manera garanticen la calidad de vida de todos. Ciudades se llaman estos espacios en donde muchos desencuentros y contradicciones se viven día a día, a veces patrocinadas por fuertes intereses económicos y de poder, agravados por una tendencia constante de reproducir los mismos problemas en ciudades aparentemente diferentes.
Sin embargo, también es esperanzadora la manera en que las experiencias positivas encuentran en diferentes regiones el eco necesario y la posibilidad de implementar proyectos e ideas que han sido efectivos para otras ciudades. Es el caso del Ciclopaseo de Quito, que a su vez fue inspirado en la exitosa experiencia de la ciudad de Bogotá, la cual por cerca de 30 años ha generado el conocimiento necesario del cual nos nutrimos para ahorrarnos unos decenios y llevarlo a cabo en Quito.
Ahora le toca el turno a Guayaquil. Grupos de ciudadanos, organizaciones ciclísticas y el decisivo apoyo de su Alcalde han permitido generar situaciones de encuentro, entendimiento y consenso alrededor de la posibilidad de realizar un primer Ciclopaseo con similares características a los otros que se mantienen con éxito por el mundo. Santiago en Chile, Chacao en Venezuela, Guadalajara en México, Quito, entre otras ciudades, son parte de la Red de Ciclovías Unidas de las Américas, de la cual Guayaquil será parte muy pronto, luego de inaugurar su primer Ciclopaseo el próximo 17 de septiembre. Para Biciacción es un honor asesorar en la implementación de esta primera experiencia que esperamos se convierta en la pauta para iniciar un proceso de largo plazo que invite a los guayaquileños y guayaquileñas a ser parte del pensar, vivir y hacer la ciudad que queremos.
El Ciclopaseo constituye un proyecto nacional y mundial. Es válida y necesaria su implementación en todas las ciudades del país. Totalmente replicable y adaptable a la realidad particular y, sobre todo, aleccionador. Un ejercicio de comunicación y entendimiento entre distintos actores que permite abrir, en colectivo, los caminos para completar aquellos tan aplaudidos procesos de regeneración y recuperación urbana, a los cuales, quizás les va bien un poco de participación ciudadana y reapropiación humana de los espacios públicos, esta vez desde la perspectiva de la bicicleta y el peatón.
Edición No. 29 - Agosto 2006
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Por Karina Gallegos*
Una persona cruza la calle por el paso cebra… de pronto el semáforo cambia y los carros aceleran. El peatón corre hasta una zona fuera de peligro, y reclama por la prisa innecesaria del conductor que pita y que, furioso, baja el vidrio y grita “apúrate, perdedor”. El concepto importado del “looser” gringo se impone, comparando el éxito de ser propietario de una de estas máquinas y el “fracaso” que representa ir a pie. Por ello, las empresas comercializadoras de autos viven en un permanente agosto: el regalo perfecto de la clase media para la graduación de los chicos, el obsequio ideal de boda, el premio soñado en los programas de concursos. El mayor símbolo dador de estatus en nuestra sociedad: el auto.
Sí, es cierto: en mi carro voy más cómodo y no tengo que codearme con el resto de cualquieras que van en bus. Pero, si todos nos movilizáramos en autos particulares, no llegaríamos más pronto a nuestros destinos. Por el contrario, el problema del tráfico sería aún peor, entorpeceríamos la circulación del transporte público que lleva a muchas personas en cada viaje.
Ser quiteño y compartir la ciudad es mostrar el interés por los problemas de Quito; caminarla como una excusa ideal para ir al trabajo o al centro de estudios dando un paseo, contribuir a que no aumenten los gases que producen el calentamiento de la Tierra; ahorrarse preocupaciones, como el precio de la gasolina o el estacionamiento. Si no hubiera tanto tráfico, se podría llegar al trabajo sin la dosis diaria de estrés que proporciona conducir por la mañana, y escuchar otros ruidos urbanos diferentes al estruendo de los tubos de escape.
Hace poco, todos fuimos testigos de la publicidad que promociona la venta de autos y que daba cuenta del orgullo de haber sacado a miles de peatones de la calle y haberlos puesto al volante. Otra parecida pedía sinceridad para aceptar que NO es un orgullo ser peatón. Nosotros sentimos tanto esta falta de conciencia comunitaria, ciudadana, democrática. ¿Sabían que los carros en Quito suman actualmente 340 mil, con un promedio de 1 carro para cada 2 familias? ¿Sabían que en Quito vivimos 2 millones de personas, y que todas respiramos y tenemos derecho a caminar en una ciudad sin smog y sin tráfico excesivo? ¿Sabían que los usuarios de autos particulares suman únicamente el 20% de la población de nuestra ciudad, y que los que vamos a pie somos el 80%? Somos los, orgullosamente, felices peatones, que seríamos aún más con menos carros mal utilizados.
*Miembro del Colectivo Ciudadano Quito para Todos
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Por Cristian Medrano “Crosty”
Nuestra querida y hermosa ciudad es un paraíso histórico y cultural, lo que hace que los turistas nacionales e internacionales se sientan maravillados con esta riqueza arquitectónica.
Una de las características del centro colonial de Quito es el estilo barroco, que expresa exageración y sobrecarga. Sin querer maltratar el término que además responde a uno de los movimientos culturales, artísticos y arquitectónicos más importantes de la historia, quiero decir que nuestra urbe se ha vuelto barroca también en las calles y avenidas, y lo digo por la “exageración” de automotores que circulan diariamente.
Una vez más la gente agobiada por la falta de espacio se desahoga con los más vulnerables y los que definitivamente no tenemos la culpa del caos vehicular: los ciclistas. Cayendo en la “exageración” (muy barroca, por cierto) lo último que me tocó escuchar al circular en mi bici por las calles de Quito fue que rompen las veredas. Parecería no haber conexión, pero es que como ciclista me veo enfrentado a reclamos inauditos y no muy amables de parte de choferes y ahora de peatones, que dicen más o menos así:
Peatón: ¡Hey, las veredas son para la gente, se dañan con las bicicletas (y siguen insultos que no puedo escribir aquí).
Chofer: ¡Sal de la vía, loco, la calle es para los autos! (y siguen otros insultos aún más innombrables).
Ciclista (ese soy yo): ¿y entonces, por dónde circulo, señor, señora?
Evidentemente, en Quito reina un estado de estrés colectivo que responde a la falta de espacio, al enfado del peatón al ver invadido su lugar para caminar, porque las veredas se convierten en estacionamientos para autos, que son en realidad los culpables de las veredas rotas (no las bicis). Aun cuando pueda sonar redundante, “esta ciudad no da para más”.
El crecimiento del parque automotor está fuera de control. Tal vez ciertas autorida autoridades de turno o la sociedad entera deberían sentirse responsables de esta situación. Más allá del hecho de que las bicicletas dañen o no las veredas, la cuestión es que los ciclistas no tenemos un espacio por donde circular con tranquilidad y seguridad. Solo queremos llamar al respeto mutuo que debe existir en las vías, a ese sentido de convivencia en el que la tolerancia sea lo primordial, en el momento de interpelar (o insultar) a los ciclistas urbanos. Y mientras esperamos a que aparezcan pronto las “cicloveredas irrompibles”, ciclocalles o mejor dicho ciclovías, les invito a que saquen sus bicis a la calle porque no son un elemento de la bodega... ¡Úsenlas!
Edición No. 27 • JUnio 2006
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Por Alexa Velasco
La mayor parte de análisis que se han realizado sobre el Tratado de Libre Co¬mercio (TLC) con Estados Unidos han sido en torno a sus impactos en la agricultura, las medicinas o sus beneficios en el libre flujo de mercancías. Sin embargo, poco se ha di¬cho sobre sus efectos en la estructura de las ciudades y las relaciones económicas, socia¬les y culturales.
Por un lado se dice que la entrada sin aranceles de productos abarata¬rá sus costos y que los consumidores urba¬nos serán los más beneficiados. Igualmen¬te, afirman que la competitividad nacional mejorará. Sin em¬bargo, este tratado no solo es el libre flujo de mercancías entre ambos países, sino de servicios, salud, educación y otras áreas que no se suelen contemplar en los acuerdos comerciales. Chile, por ejemplo, no negoció sectores estratégicos en su tra¬tado con EE UU.
Para Fernando Terán, profesor de la U. An¬dina Simón Bolívar, el TLC afectará las polí¬ticas económicas, sociales y ambientales de los gobiernos locales. Así, si el Municipio de Quito decide emprender una obra vial con la reactivación de la economía local, por el TLC no podrá hacerlo, pues se prohíbe la contratación de empresas locales única¬mente. Tampoco podrá exigir a la empresa norteamericana normas sobre cantidad o condiciones de su actividad económica, o limitar el nivel de desechos en los ríos o de emisiones al aire si es que ésta considera que dicha norma afecta su ingreso. Igual¬mente, si la compañía juzga que el aumen¬to de un impuesto predial, una contratación pública o el diseño del parque industrial la perjudica, puede enjuiciar al Municipio por expropiación indirecta ya que sus expectati¬vas de ganancia se han visto afectadas.
Se¬gún el economista Alberto Acosta, en Méxi¬co antes del NAFTA, el desempleo era de 200 mil personas al año; después esta cifra se elevó a un millón 300 mil desempleados. A nivel urbano, la migración hacia las ciu¬dades puede aumentar considerablemente provocando invasiones, mayor demanda en servicios básicos, más delincuencia por el desempleo, etc.
Otro impacto adverso es la entrada masi¬va de vehículos usados, lo que afectaría el tráfico y la calidad del aire de Quito, entre otros. ¿Por qué no nos fortalecemos como nación, luego como región uniéndonos con países similares económica, geográfica y culturalmente? ¿Por qué tanta sumisión y falta de transparencia en las negociaciones? Solo queda recordar que nadie se nos mon¬tará si no doblamos la espalda y que nuestro primer nicho a defender son nuestras ciuda¬des, nuestros barrios, los sitios donde crea¬mos identidad y pertenencia.
Edición No. 26 • Mayo 2006
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Octubre 2008 |
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