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*Por Paloma Martínez
Manifiesto ya de entrada la deuda de estas reflexiones para con Walter Benjamin, y con el libro de Manuel E. Vázquez, Ciudad de la memoria. Habitar la ciudad quiere decir hoy en día transitarla, recorrer las calles y avenidas donde, antes que en el interior de cada morada, la vida moderna se descubre. Esta nueva visión del espacio urbano no es ajena al progreso técnico específico de la modernidad y a la profunda transformación que el mismo lleva aparejada.
La proliferación del automóvil no solo reduce y circunscribe el simple paseo a recintos concretamente destinados a ello, con el consecuente artificio y merma en espontaneidad que así se impone a su experiencia; también convierte al transeúnte en mero peatón. Constreñido, asediado por una multitud de señales ópticas y acústicas, el antiguo propósito de caminar para ver y ser visto carece ya de sentido allí donde el tránsito peatonal es casi asunto de supervivencia frente a la circulación rodada. Esta es la que decide el haz de trayectorias e itinerarios posibles que revela una ciudad de dinamismos acelerados y cada vez más frenéticos, medidos por una distinta percepción del tiempo y el espacio.
Las nuevas y progresivamente mayores dimensiones de la urbe son aquí determinantes, así como las multitudes que condensa. Pues lejos de formar un colectivo, esa multitud errante, que ve aumentar día a día las horas invertidas en desplazarse hacia sus objetivos, se identifica como masa, esto es, como aglomeración de individuos aislados en pos de sus intereses privados.
Lo que atraviesa y aglutina a esa población masificada de la metrópoli moderna es precisamente otra forma de tránsito: la del continuo intercambio de mercancías, los innumerables procesos de compra-venta que, además de gobernar los pasos de viandantes y conductores, acaban por transmutarlos también en mera mercancía circulante.
Pero de este transitar que es ahora morada de la vida mecanizada y mercantilizada por el progreso solo cabe esperar el máximo olvido: difícil dejar huellas en el transitar mecánico y repetitivo entre la masa anónima de la metrópoli moderna, improbable guardar memoria de un recorrer apresurado que hurta a la mirada todo objeto de contemplación. Y puesto que es esa memoria la que permite recoger el hilo de todo trayecto vital y proyectarlo hacia delante, el olvido condena a un presente paralizado cuya inhospitalidad permanece velada tras su aceleración cotidiana.
* Doctora en Filosofía de la Universidad de Valencia, España
Edición No. 20 • Noviembre 2006
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