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Por Ximena Ganchala
En la calle está todo lo que somos, es el inmenso escenario de la cotidianidad poblado de formas y personajes, dificultades y contradicciones, certezas e incertidumbres. Todos los días, en ese escenario, los hombres y las mujeres ponemos en práctica nuestras vidas, nos atrevemos a desafiar el tan mentado futuro, nos confundimos con la ira, la risa, la soberbia o la amabilidad de los demás. Y vamos formando parte de la imagen de la ciudad, de ese imaginario que se va creando alrededor nuestro sin que nos demos cuenta. Dentro o fuera de ella, lejos o cerca de ella, somos ciudadanos de esta ciudad, aún cuando cada vez la conozcamos menos debido a su acelerada expansión y a la falta de tiempo.
La ciudad difusa supone precisamente ese espacio inmenso, inabarcable e inconcebible. Cada vez son más grandes nuestras ciudades, se extienden hasta lugares insospechados y nosotros no podemos recorrerla ni vivirla toda, por eso vamos creando nuestros pequeños fragmentos de acción, nuestras “micrópolis” como dice García Canclini, uno de los intelectuales latinoamericanos mas reconocidos en el campo de la cultura. Nos instalamos en recorridos reiterados, nos tomamos un café en el mismo sitio de siempre, pisamos las mismas veredas, los mismos bares. La ciudad difusa parece ser esa que no conocemos más allá de lo que impone la exigencia de la rutina diaria.
Pero más allá de ese mundo que vamos creando para nosotros, más allá de esos fragmentos que la megaciudad nos obliga a crear porque en el día a día no podemos abarcarla toda, están los otros: las otras personas, los otros paisajes, las otras montañas, las otras plazas, las otras calles. Dentro de la metrópoli hay miles de “micrópolis” que otros también han creado con el uso, ciudades pequeñitas que no conocemos y que, sin embargo, son también parte la nuestra.
El Ciclopaseo sigue siendo un intento por unir esas “micrópolis” de todos a lo largo de la gran ruta de 24 km. Y en bicicleta aprendemos a conocer y respetar esos pequeños fragmentos de los demás sin que eso signifique que abandonemos los nuestros. En esta ciudad difusa, pero también concentrada y densa, el Ciclopaseo nos descubre ante los otros barrios y las otras caras de Quito, y le devuelve al espacio público ese sentido de territorialidad tan necesario para sentirlo auténticamente cercano. Ya no da ganas de quedarse en casa mirando en la televisión los no-espacios que nos presenta porque tenemos un espacio real que no solo nos acoge en toda la extensión de la ciudad, sino que además la “desfragmenta” dos veces por mes, y nos permite llegar lejos, sin dejar de estar cerca.
Edición No. 18 septiembre de 2005
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