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Por Lucho Dávila Loor*
Me preparo mi propio suero oral: agua, naranjas de la casa, dos cucharadas de fructosa y media de sal. Luego me pongo la lycra. No es por aniñado, es porque las lycras para ciclismo son acolchadas y protegen lo que el poeta Bonafont llamaría “el instrumento”. Me coloco el casco, las gafas, los guantes. Y allá voy, al Chaquiñán: antes, ruta del tren que iba al norte del país; hoy, ciclovía de montaña entre Cumbayá y Puembo, cuyo mantenimiento está a cargo de la Cámara de Comercio de Quito.
Tomo esta ruta desde Churoloma y voy rumbo a La Esperanza, con la esperanza de que no se cruce ningún autobús Collaquí, cuyos conductores no conciben la idea de que un ciclista tenga preferencia en el paso. Hasta La Esperanza hay lugares hermosos, adornados a lado y lado por guabos, aguacates, tilos, pencos y plantas silvestres. Lo feo es la basura, que abunda en las cercanías de los caseríos, como si basura y ser humano fueran intrínsecamente emparentados. Y más feo todavía resulta constatar cómo la gente bota los desperdicios a la acequia de riego. Por suerte, a partir del Portón de La Esperanza, donde el cuidador ha sembrado vistosos huertos, ya no hay autobuses ni carros ni basura. Lo que viene adelante es la bajada hacia al río Chiche, puro paisaje del más sobrecogedor. Naturaleza al por mayor.
Llego al lecho del río. Cruzo el puente. El sonido del agua, el verdor, la ruta, todo es bello por ahí. Empieza la subida. Atravieso los túneles en los que dicen que hasta hace algunos años había murciélagos que se alborotaban con el paso de la gente, hasta que un día se mandaron a cambiar. Los radares que manejan estos animales deben haber leído: “seres humanos en proximidad, ¡emigración urgente o atenerse a las consecuencias!”. Pobre especie humana, está tan desacreditada. De vuelta por Churoloma constato que la gente del sector ha sacado algunos postes que ha colocado la Cámara de Comercio para que no ingresen carros a la ciclovía. Lo que hace la gente está mal, pero también está mal que previo a poner esos postes no se haya llegado a un acuerdo con ella. Si antes de convertirla en ciclovía todos los involucrados hubieran llegado a un acuerdo sobre el futuro de la ex vía férrea, a estas alturas todos hubieran estado felices como lombrices.
Alguien debería empezar a sacarle tajada a este espacio de ecoturismo deportivo y provocar ejemplo. Lo que viene es vértigo puro, adrenalina a chorros: la bajada por la quebrada del San Pedro está como para acelerar a quinientos. Desciendo a toda velocidad, sin manos, abriendo los brazos. Viento y libertad me abrazan. Que no se cruce una mísera babosa porque ambos quedaremos hecho pomada para las arrugas. Y luego la subida, por el Colegio Menor hasta llegar al Portón de Cumbayá. Desde que salí hasta ese punto habré hecho alrededor de una hora con cuarenta minutos. Momento de tomar un descanso y beber otro sorbo de mi suero oral.
La gente de Biciacción me pidió que escribiera algo a propósito del tercer aniversario del Ciclopaseo. He querido referirme al Chaquiñán porque me gusta mucho. Habría que destacar que ha sido la perseverancia y dedicación de la gente de Biciacción lo que ha desatado esta pasión en personas como yo. Tengo cincuenta y un años, y cada vez que me monto en la bicicleta y voy por esos senderos hermosos, me siento libre, sano y pleno de vida. Biciacción y los Ciclopaseos me contagiaron de ello.
*Secretario Ejecutivo de la Asociación Latinoamericana de Educación Radiofónica, ALER.
Invitados de aniversario
Edición No. 25 - Abril 2006
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