|
Por Alexa Velasco
A finales del mes pasado varias protestas en Guayaquil ocuparon las primeras planas de los principales periódicos del país, pero esta vez sus protagonistas no fueron los opositores al régimen actual o los gobiernistas, sino las asociaciones de discapacitados y jubilados de esa ciudad para exigir el retiro inmediato de los torniquetes de los buses de transporte urbano. Es una de las pocas veces que grupos ciudadanos, comúnmente marginados e invisibilizados, salen a la luz pública y ejercen su derecho a movilizarse y a circular por medio de una acción directa: el retiro de los tornos ubicados en los buses para el control del número de pasajeros. Gracias a su coraje se ha expuesto a la opinión pública y las autoridades la ausencia de facilidades para movilizarse por la ciudad. Es normal y cotidiano que las ciudades no sean pensadas para las personas, sino para los autos.
Durante 5 000 años de historia urbana y hasta hace poco, todas las vías en las ciudades eran peatonales. Las personas compartían el espacio con coches y caballos, sin mayor riesgo. Los niños podían caminar por las calles, porque las ciudades estaban diseñadas para la gente.
Pero entonces aparecieron los automotores y convirtieron las calles en sitios extremadamente peligrosos. Así, en los últimos 80 años, se han construido ciudades para la movilidad del automóvil y no para el bienestar de los ciudadanos más vulnerables como niños, ancianos o discapacitados. Las demandas de los grupos de mayores ingresos fueron avasalladoras.
En la actualidad lo que interesa es la circulación constante, el tráfico ininterrumpido, al interconexión fluida. No interesa el peatón, sino los espacios de circulación y conexión. La falta de comodidades para los discapacitados no solo se ve en las entradas de los buses, sino en toda la infraestructura urbana concebida para el rey del asfalto. La mayoría de aceras en Quito tiene bordillos, baches o cualquier otro obstáculo que impide el libre paso de los discapacitados. Y cuando existen rampas, la mayoría de las veces se encuentran bloqueadas por los vehículos. Pocos edificios públicos tienen vías de acceso alternas para los discapacitados o para los ancianos. Ejemplos sobran para decir que el espacio público ha sido modificado para servir al automóvil. Su uso social primario, entendido como lugar de relaciones, identificación, manifestaciones y experiencias colectivas y expresión comunitaria, ha sufrido una evidente decadencia.
El actual espacio público, en lugar de creer vínculos, encuentros, contactos e integrar, se para arremete y expulsa. Y es mucho más excluyente para grupos ciudadanos como los discapacitados, quienes se han visto obligados a refugiarse en sus casas y desligarse de su barrio a su comunidad. Por eso, aplaudimos y apoyamos la iniciativa de este colectivo guayaquileño, por ejercer ciudadanía sin muchas palabras y con valentía, ya que es en estas acciones públicas donde se puede dar el mayor grado de democracia y de igualdad entre los ciudadanos.
Edición No. 12 - Marzo 2005
|