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Por Diego Puente
Hoy, igual que ayer, como siempre… el diario no hablaba de ti, canta Joaquín Sabina y, sin embargo, abro el periódico y leo que habla de quince muertos en accidente de tránsito en Cotopaxi. Hoy, igual que ayer, como siempre: trece muertos en la vía Santo Domingo – Alóag. En uno de estos dos últimos accidentes “grandes” ocurridos en las carreteras de nuestro país, murió un compañero mío de la universidad. Ólger Veláquez, 26 años, licenciado en Ecoturismo. Un “profesional del volante” en clara violación de las leyes (60 pasajeros en un bus de capacidad para 40, exceso de velocidad y caso omiso a las quejas y protestas de los pasajeros) hizo quince vidas, entre ellas la de mi amigo, se cegaran para siempre.
Al día siguiente la tele me escupe otra vez: “una unidad de la compañía Translatinos invade carril y embiste a una moto con tres pasajeros, los tres mueren de contado”. ¿El diario no hablaba de ti? Me subo a un bus, a un taxi, a un auto o a mi bici y miles de corazones azules es el asfalto erizan mi piel. ¡El diario no hablaba de ti! Todos los días el diario habla de la gente común que, sin imaginárselo siquiera, sale a encontrarse con la muerte. ¿Quién tiene la culpa de todo este desastre? 30 000 licencias para matar, compradas el año pasado, aguardan un descuido de la ciudadanía para ser puestas en manos de criminales cotidianos que día a día conducen nuestras vidas por las calles y carreteras de nuestro país.
¿Hasta dónde llegan los esfuerzos para combatir estas prácticas de corrupción, de ignorancia y desprecio por la vida? ¿Quiénes son las llamadas a ponerle un freno a esta estúpida y ridícula situación? ¿Los chóferes? ¿La Policía Nacional? ¿El Municipio o los Municipios? ¿Y los usuarios qué hacemos? ¿Qué podemos hacer si cuando uno reclama, los demás se quedan callados? Y, ¿cómo podemos exigir si la prepotencia y el abuso de los buseros se manifiesta incluso a golpes? ¿Cuántas veces fuimos amenazadas, amedrentados, insultados por reclamar nuestros derechos? ¿Y cuántas veces lo hemos intentado? ¿Estamos dispuestos a seguir intentando e insistiendo una y otra vez y mil veces si fuera necesario? Yo sí.
A los conductores no parece importarles aquello que se queda en la ruta después de cada muerte: familiares desconsolados e indignados por no poder hacer justicia ante un hecho tan detestable. Ya que a estos chóferes parece no importarles ni la vida de sus pasajeros y, mucho menos, los castigos de la Policía, talvez haga falta una especie de veeduría cívica en donde sean los mismos ciudadanos los que tengan la facultad de realizar un control a aquellos individuos que los conducen cotidianamente a sus distintos destinos. Que no se conviertan en simples fantasmas las víctimas de la irresponsabilidad de los “profesionales” del volante. Los chóferes de buses no solo juegan con su vida, sino también con la de sus pasajeros. Por eso no termino de preguntarme qué mismo son: conductores, suicidas u homicidas.
Edición No. 11 - Febrero 2005
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