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En las calles, en las plazas, en los parques… y también en le cine
Por Juan Pablo Castro Rodas
Cuando Henry ha decidido terminar con la tortuosa relación amorosa que mantiene con Anaïs, toma la bicicleta, alza su sombrero en señal de despedida y se pierde entre los callejones de París. Son los febriles años cuarenta. Ese personaje masculino, seductor y arrogante, se aleja al rin-rin de la campanilla. La existencia de Henry ha transcurrido entre la literatura y la lujuria. Su paso por la ciudad está marcado por una necesidad frecuente de movimiento. Bicicleta y personaje se hermanan. Como en está película, Henry and June, existen otras tantas que han tenido en las bicicletas objetos aliados, cargados de espíritu. Algunos han llegado a ser el centro mismo del drama.
En Ladrón de Bicicletas, el desempleado Antonio busca desesperadamente su bici robada. De la mano de su pequeño hijo Bruno, la triste y alargada figura de Antonio se convierte en una suerte de caballero de la modernidad. Quizás un don Quijote abrumado y solitario como tantos otros en la Italia de la posguerra. La bicicleta no es solamente el medio indispensable para trabajar, sino que se convierte en la metáfora del futuro. Sobre sus ruedas se encuentra la posibilidad del desplazamiento, del viaje. La idea de ir de un lado a otro está en todos los seres humanos. Para Antonio, esta condición del desplazamiento va de la mano con la necesidad y la sobrevivencia. La bicicleta se convierte en la única posibilidad del mañana.
Un mañana que puede suponer el despertar del deseo, como sucede con el flacuchento púber que, enamorado de la luminosa Malena, va detrás de su silueta. Malena camina todos los días por las callejuelas y plazas empedradas. Los ojos ávidos de los hombres se convierten en pájaros. De la mano y pie del jovenzuelo enamorado nos acercamos a ella. Adolescente y bicicleta se sumergen juntos en los senderos del deseo. En cada esquina, detrás de cada columna, entre la gente, encontramos una bicicleta y sobre ella al sudoroso espía. Cuando Malena llega a casa, la cofradía de adorados, todos apenas imberbes muchachos, sentados con el mar a sus espaldas y sus bicicletas en derredor, miran su entrada y la esperan en las fronteras del cielo y el infierno.
Esta débil línea que separa el bien del mal termina por romperse como en una de las secuencias iniciales de Forrest Gump. El niño, atrapado en los metales que sus piernas necesitan para mantenerse firmes, empieza a correr mientras detrás de él varios avezados lo persiguen en sus bicicletas. El sonido de las gomas en los caminos de polvo, el metálico golpe de las cadenas y la imagen gozosa de los niños encaramados sobre sus caballitos de acero terminan por difuminarse ante la estela de polvo que Forrest deja en su camino de liberación. Como estás, hay cientos de historias de bicicletas, algunas no tan dramáticas, quizás más cercanas al panadero de mi infancia que pasaba todos los días, a las cinco de la tarde, con dos inmensas canastas de mimbre a cada lado de su bicicleta. El aroma a clavo de olor se percibía antes de que sonara el timbre de pajarito que tenía esa bici. Esa bici no tan mágica y voladora como la de E.T., pero que se mantiene en mi memoria, tan cercana que casi puedo subirme en ella.

Edición No. 12 - Marzo 2005
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