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Ciudad y alteridad Imprimir E-Mail

Por Patricio Guerrero Arias

Profesor de La Escuela de Antropología de la UPS

La ciudad es un universo habitado por la complejidad y la diversidad, escenario de encuentros y desencuentros de las diferencias. Más que habitar la ciudad, es la ciudad la que nos habita, la que constituye nuestras subjetividades, nuestros espíritus y nuestros cuerpos.

La ciudad es forjadora de alteridades, de encuentros con el “otro” que habita en nosotros, pero que está cada vez más lejano. Hoy en la ciudad se expresan terribles fracturas de la alteridad, diversas formas de violencia, negación y exclusión.

Una evidencia de tal irrespeto es la actitud de los chóferes de buses frente a las paradas, lo cual transforma las calles de la ciudad en autopistas de la muerte por disputarse pasajeros. Para estos conductores, la vida de ese otro vale apenas 25 centavos, actitud heterofóbica que ha hecho que se incrementen los corazones en el pavimento. Otra evidencia es la discriminación cotidiana que sufren niños y ancianos, no se los recoge, son invisibles, solo existen cuando no hay pasajeros. ¿Qué hacer? Si bien son loables las campañas que intentan educar a los chóferes y peatones para que respeten las paradas (y en esto existe también mucha irresponsabilidad por parte de la ciudadanía), una campaña de educación vial o cursos de relaciones humanas para los chóferes no son suficientes. Además, se trata de transformar la mirada que tenemos sobre el otro y sobre nosotros mismos, y eso implica transformar  el “ethos”, el sentido y los valores, para reconstruir nuevas relaciones de alteridad que nos permitan empezar a visibilizar al otro, reparar en su existencia, en la dimensión de humanidad que nos une a él. Solo así dejará de valer un pasaje 25 centavos.

Hay que construir nuevos sentidos y miradas sobre lo que tiene que ser la dimensión cultural de las prácticas urbanas. Se debe trabajar en la construcción de nuevas formas de alteridad que nos permitan acercarnos a los demás, conocerlos, y re conocerlos, valorarlos, respetarlos y convivir en paz con la “insoportable diferencia del otro”. Si la ciudad es una forma de asumir, pensar y vivir el mundo, esa vivencia solo se la puede hacer construyendo nuevos sentidos para tal coexistencia.

Hay que repensar la ciudad para aprender a convivir en ella dentro de la diversidad y la diferencia; empezar a “mirar” y “escuchar” con nuevas sensibilidades, desde los territorios de los afectos y la ternura, pues sin esto será imposible sobrevivir a la violencia que actualmente está sitiando nuestras ciudades y nuestros corazones.

Repensar la ciudad significa también soñarla mejor; tener firme la esperanza de transformarla, de humanizarla, hacerla un escenario de nuevas utopías posibles, para la construcción de nuevos sentidos en las relaciones, para construir nuevas sensibilidades, nuevas formas de ser, de hacer, de pensar, de sentir, de significar; para la construcción de una nueva estética de la existencia.

Edición No. 10 - Enero 2005

 
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