Por Natalia Sierra Freire
Directora de la Escuela de Sociología de la PUCE
El otro día, por casualidad, miré por la ventana de mi oficina la ciudad en su infinito movimiento cotidiano y extrañamente me di cuenta que desde hace mucho tiempo me encuentro encerrada entre estas cuatro paredes. Literalmente sitiada. Alejada de la gente que camina y que hace de la calle un lugar, una morada, a pesar de su tiempo vertiginoso y su espacio fragmentado.
Detrás del cristal de esta pequeña prisión la calle se vuelve extraña y peligrosa, quizá porque tenemos miedo a las contingencias, al azar, a lo que podamos encontrar o reencontrar en las esquinas y en los recovecos de la ciudad. Atrapados en el miedo vamos poco a poco perdiendo de vista el lugar donde crecimos, donde nos enamoramos, donde sufrimos y donde nos ilusionamos, en fin, perdiendo una parte muy importante de nuestra vida, de nuestra historia personal y colectiva.
Seguía mirando a través de la ventana y sentí muchos deseos de saltar e ir en busca de la aventura del vagabundo o del caminante, de aquel que no ha olvidado callejear, que no busca nada simplemente disfruta el caminar. Una necesidad de huir de la soledad a la que condena la rutina del tiempo del trabajo e ir en busca del otro y de los otros, de los que caminan y disfrutan la ciudad en su complejidad. Deseo de mezclarme con la gente que transita las calles, de sentir sus apuros, sus inquietudes, sus movimientos, deseo de encontrarme entre las risas y el murmullo de todos quienes hacemos la singular historia de esta ciudad.
Edición No. 9 - Diciembre 2004