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No me echen del bar Imprimir E-Mail

Por Ximena Ganchala

No hay duda de que Quito se encuentra lleno de bares, restaurantes y cafeterías, en los que podemos disfrutar de una buena comida fuera de casa o de alguna golosina para la mitad del día. Pero lo que siempre me hizo falta fue ese sitio en donde, además de comer o tomarse un café, pudiera sentarme tranquilamente a charlar, leer o a estudiar. Esa mesa que no fuera de mi casa, pero en la que me sintiera como tal y me pudiera quedar el rato que quisiera sin afán de desocuparla. En definitiva, ese sitio de encuentra o de descanso, tan necesario en la ciudad. Pero ¿no les ha pasado que algunos dueños o empleados de los bares generan un ambiente de incomodidad que hacer que nos vayamos rápido? Esa idea preconcebida de seguir consumiendo para poder quedarse en un sitio es demasiado molesta y gastada.

Desde hace tres meses que vivo en la ciudad de Córdoba Argentina y al principio no entendía esa dinámica de la gente de ir al bar, aunque se para tomarse una agua mineral. Existe una costumbre y una necesidad de acudir a los bares o cafeterías, porque son espacios esenciales que se convierten en otro modo de usar la ciudad. En cualquier cafetería parece haber una mesa amablemente reservada para mí en la que, después de tomarme cualquier cosa, me puedo quedar leyendo, estudiando, conversando o solo pensando. No hay apuro de salir y no importa si no voy a seguir consumiendo. El bar se convierte en uno de los más significativos espacios públicos de la ciudad, aun sabiendo que es un sitio privado que tiene dueño, administrado, empleados y horarios de atención.

Pero no se trata solamente de que los dueños de este tipo de negocios emprendan una nueva manera de entender y atender estos sitios importantes en vida diaria. También es cuestión de promover formas que permitan a los ciudadanos apropiarse de su ciudad, mediante el uso y el disfrute de los espacio públicos. Y en este sentido, es necesario pensar desde la administración pública que no solo las calles, las plazas y los parques son sitio de encuentro y recreación. Incluso el Ciclopaseo, que convierte a la capital en una ciudad colorida y alegre una vez al mes, no es la única posibilidad de hablar de la recuperación de los espacios públicos. También las reuniones en las bares, las largas sobremesas después de una buen almuerzo, los cafecitos de la media tarde en una mesa solitaria o la simple contemplación de la cotidianidad a través de la ventana de un restaurante, son parte de esa necesidad de encontrarse con la ciudad y comulgar con ella.

Que no nos arrebaten nuestra mesa solo porque no queremos seguir comiendo o bebiendo, no dejemos que nos clientes se acostumbren a huir des establecimiento apenas los platos se hayan vaciado. Que no nos obliguen a pedir la cuenta e ir corriendo a casa o, como canta Joaquín Sabina a propósito de las redadas policiales para mandarnos a dormir antes de que nos dé sueño, “que no nos cierren el bar de la esquina”, pero eso ya es tema de otra ocasión.

Edición No. 8 - Noviembre 2004

 

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