|
A partir del debate sobre quiénes son los culpables del tormentoso tráfico vehicular en Quito, generado a propósito del colapso del Trébol, muchas fueron las voces que apuntaron a señalar al aumento descontrolado del parque vehicular privado como una de las causas de tanta congestión y pérdida de tiempo en los desplazamientos urbanos.
Y aunque esto es cierto, nadie ha dicho nada sobre el aumento silencioso pero paulatino de las motocicletas en Quito y en el país. Con las facilidades de compra y crédito y costos relativamente bajos de mantenimiento, las motos empiezan a ser parte de las opciones de medios de transporte, sobretodo para mensajería, público joven y solteros que ven a este artefacto como una solución ante las largas filas de autos detenidos o en lento movimiento por las calles de Quito.
Según Corpaire, se estima que en el DMQ circulan alrededor de 15 mil motos, pero las cifras no son certeras ya que constituye el grupo motorizado más evasor de las revisiones vehiculares, obligación técnica estipulada en la Ordenanza Metropolitana 213, vigente desde el 2003.
Y nosotros, los ciclistas, como casi siempre sucede, sufrimos los efectos adversos del aumento del parque motorizado. En medio del inhóspito paisaje urbano y a falta de vías exclusivas para bicis, el 1% de los quiteños que nos movilizamos en bici a diario nos abrimos paso por el espacio que queda entre la vereda y los autos, con el riesgo de que algún incauto abra la puerta o nos cierre el paso. Ahora nos toca competir literalmente codo a codo por los pocos 80 cm. de espacio libre con los motociclistas que manejan impetuosamente sus ruidosos y contaminantes vehículos.
El municipio debería regular la circulación de estos vehículos y la Policía Nacional ser más rigurosa en las sanciones a motociclistas que torean entre los autos o se parquean sobre las veredas.
Alexandra VelascoFundación Biciacción
|