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Città Slow: una ciudad que vive la lentitud |
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Por Ximena Ganchala
¿Acaso no hemos deseado alguna vez que la vida urbana fuese menos frenética y que se apaciguara un poco? ¿Aca¬so no sentimos a menudo que la ciudad no hace más que atraparnos en la agobiante rutina de la prisa? Esa especie de adicción, que requieren los tiempos actuales y que intentamos aplicarla a todos los aspectos de nuestra vida, es la raíz de muchas enfermedades propias de la gente que vive en zonas urbanas. De hecho, el estrés es el causante número uno de la deserción laboral en los países desarrollados o del primer mundo.
Por eso, la idea de la ciudad lenta, o Città Slow, es parte de una propuesta que desde finales de los ochenta ha sido planteada por el denominado Movimiento Slow: la reivindicación de la lentitud como un modo de asumir la vida con placer, de tomarse las cosas sin tanta angustia, de detenerse y observar, resistirse a la prisa para disfrutar de la existencia. Lo que no significa volverse improductivo, sino actuar rápido cuando hay que hacerlo y ser lento cuando conviene.
El ejemplo está en Bra, una pequeña localidad italiana de 28 mil habitantes a medio camino entre la industrial Turín y la ruidosa Génova, en donde se practica algo llamado el derecho al tiempo: que sea uno quien controle el reloj y los ritmos, y no al revés.
En 1986, un periodista especializado en gastronomía llamado Carlo Petrini se enfureció al ver los neones más representativos de la comida rápida en el mundo instalados en el medio de la Plaza España, en Roma. Se trataba de un restaurante de McDonald’s, el mismo que al parecer tuvo que cerrar sus puertas al cabo de insistentes protestas de un grupo de defensores de la “comida lenta” o el buen comer. Ahora Petrini no solo es el artífice del Slow Food, sino también de Bra, una ciudad lenta en la que los planificadores urbanos se interesan por el diseño de centros y barrios en los que las personas, y no los automóviles, tienen prioridad.
El manifiesto de Città Slow contiene cincuenta y cinco promesas: para el caso, reducir el ruido y el tráfico, aumentar las zonas verdes y peatonales, apoyar a los agricultores, a las tiendas orgánicas, mercados y restaurantes para que vendan sus productos, preservar la estética y fomentar la vecindad. Cittá Slow intenta recuperar esos principios, reinventar de nuevo la ciudad aminorando sus ritmos. En Bra el reloj ha dejado de ser el peor enemigo de sus habitantes que han ganado en calidad de vida, gracias a las promesas que trae consigo el hecho de tomarse la vida con un poco de calma.
Más sobre el Movimiento Slow en el libro de Carl Honoré, Elogio de la lentitud, RBA Libros, 2004.
Triple Dobleve Edición No. 26 - Mayo 2006
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Agosto 2008 |
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