Por Alexandra Velasco

Hay
quienes dicen que los deportes de aventura son sólo para quienes están
preparados físicamente para afrontar duras pruebas de resistencia en
condiciones climátológicas expremas y con un gran dosis de adrelina y
audacia. Sin embargo, no siempre es cuestión de físico, sino también de
condición mental, de cabeza fría, de analizar bien cuándo se debe
acelerar el paso, cuándo tomar un camino y no otro y cuándo hay que
detenerse. Esto lo corroboramos varios deportistas el pasado 18 y 19 de
Octubre en el GEo MTB Rally, una singular carrera de ciclismo de
montaña, donde ganaba la pareja que menos tiempo hacía en los PRIMES:
distancias cortas de contrarreloj de 2 a 10 km separadas por tiempos de
regularidad donde se podía "aflojar" el ritmo. Esta nueva modalidad nos
permitió observar el más maravilloso paisaje andino que nuestros ojos
hayan podido observar y a su vez medir nuestra resistencia a la
velocidad y reventar nuestros músculos en estos tramos contrarreloj.
Por primera vez y a diferencia de otras carreras de aventura muchos
competidores pudimos disfrutar la travesía sin estresarnos por si algún
equipo nos rebasaba o nos pisaba los talones. El secreto estaba en los
famosos primes.
La aventura empezó en Quito Loma a las 9h00 del sábado 18. Este sector
está ubicado a 12 km del Quinche. Atravesado por hermosas colinas, que
asemejaban a onduladas alfombras verdes con una que otra mancha
multicolor, Quito Loma es además un sitio arqueológico con muchos
pucarás (sitios ceremoniales y de estrategia militar de antiguos
habitantes de Pichincha). Cerca de 15 equipos estuvimos con nuestros
odómetros (aparatos para medir la distancia, el tiempo y en los más
sofisticados: altura, calorías gastadas y hasta frecuencia cardíaca!) y
nuestras hojas de ruta para recorrer durante dos días 120 km de
montañas y valles, ríos y encañonados hasta el Centro del Universo:
Catequilla, la verdadera mitad del mundo donde no existe gravedad y las
cartas topográficas y GPS marcan 0 grados latitud y 0 Grados longitud.
Luego
de un duro ascenso por la cordillera occidental y seguido de un
vertiginoso descenso por empedrados y caminos de lastre, los primeros
equipos arribaron al primer PC alrededor de las 10h30 en la Hacienda
Guachalá, digna de ser elegida patrimonio arquitectónico e histórico
del Ecuador por sus bien conservadas fachadas, columnas y pasillos al
más puro estilo colonial rodeado de grandes jardines y piletas
centrales. No faltaron los primeros perdidos. Para algunos, me incluyo,
este trayecto puso a prueba nuestra paciencia y capacidad de adaptarnos
rápidamente a esta nueva modalidad. Sin embargo, conforme transcurría
la mañana el ímpetu y deseo de llegar rápido a la meta se iban
desvaneciendo al detenernos en uno que otro pueblo recóndito como la
Esperanza, Tabacundo, Chimbacalle o Tocachi y admirar las pintorescas
casas de adobe con techos de tejas verduzcas y pardas, donde pendían de
uno que otro madero, grandes macetas y campanas. Las caras de sus
habitantes eran de curiosidad y sorpresa. Risas juguetonas de los niños
eran parte del menú que muy pocos ecuatorianos nos ponemos a escuchar
cuando vamos de turistas por nuestro país.
Observación y concentración fueron la clave para
llegar a tiempo al campamento general ubicado en COCHASQUI, lugar
acertadamente escogido por los organizadores, ya que nos permitió
sorprendernos de la grandiosa geografía andina con una vista
espectacular de los volcanes y nevados que a veces sólo se admiran en
las postales o los libros de fotografías desde un zopilote.
En la
noche la temperatura bajó a 5 grados centígrados. Los vendavales se
escuchaban desde nuestras carpas como si trajeran las voces de los
antiguos quitus caras o los soldados de la princesa Quilago dispuestos
a defender su territorio.
A la mañana siguiente y con las
energías repuestas, las parejas participantes, hombres y mujeres, nos
dispusimos avanzar hacia Catequilla por una ruta que prometía mucha
emoción y fuerza mental. Nuestras dos ruedas nos llevaron por un
descenso alucinante en la denominada Ruta escondida, que es parte del
camino abierto por el río Guayllabamba y el nudo de Mojanda - Cajas al
nororiente de Quito. Malchinguí, Collagal y Alchipichi fueron algunos
de los pueblos recorridos y no faltó el remordimiento de no haber
aprendido quichua a su debido tiempo para entender la gran cosmovisión
andina detrás de estos singulares nombres. Y llegó el último tramo:
atravesar el río Guayllabamaba por un sistema de cuerdas tendido por
expertos escaladores que con sus cascos y arneses nos alentaban a pasar
por un viejo puente, similar al de los dibujos animados del Coyote o
del Bugs Bunny donde se van cayendo los travesaños a medida que pasan
por el dichoso puente, y luego subir las paredes de roca y tierra hasta
el PC 9. Supongo que para algunas mujeres, como yo, no fue fácil romper
el vértigo y evitar mirar hacia abajo, mientras oraba para que los
brazos no me fallen. Finalmente, y pasado el susto, tomamos nuestras
bicis y a coronar la colina en un último aliento de 7 km por un
serpenteante camino de tierra.
La hidratación era clave
en este trayecto. Sentí que la falta de líquido hacía estragos en mi
desempeño. Rogaba por un vaso de agua. Nada de "gatorades" o
"powerades". Mi cuerpo sólo pedía agua. En buena hora apareció una
sonriente campesina que me obsequió un poco del preciado líquido. El
ascenso duró una hora aprox. hasta el último PRIME de 2km. Aquí se
decidía nuestra suerte: o vencer o morir en el intento. El Felipe, mi
compañero de equipo, agarró el tubo de caucho a manera de cuerda y
empezó a pedalear como si no lo hubiera hecho nunca. Y a los
"enganchados" nos toca seguir a ese ritmo y más rápido aún para no
quedar mal. Así que pese a los dolores musculares y al corazón a punto
de explotar, llegamos a la meta exhaustos pero felices para decir: ¡Al
fin en el centro del universo! Hasta el próximo año mi querido Ecuador!
Si quieres ver los resultados generales y las fotos
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