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Por Héctor Abad
Estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas
Domingo 23 Febrero 2003
A los hombres machistas, que somos como el 96 por ciento de la
población masculina, nos molestan las mujeres de carácter áspero, duro,
decidido. Tenemos palabras denigrantes para designarlas: arpías,
brujas, viragos, marimachos. En realidad, les tenemos miedo y no vemos
la hora de hacerles pagar muy caro su desafío al poder masculino que
hasta hace poco habíamos detentado sin cuestionamientos. A esos
machistas incorregibles que somos, machistas ancestrales por cultura y
por herencia, nos molestan instintivamente esas fieras que en vez de
someterse a nuestra voluntad, atacan y se defienden.
La hembra con la que soñamos, un sueño moldeado por siglos de
prepotencia y por genes de bestias (todavía infrahumanos), consiste en
una pareja joven y mansa, dulce y sumisa, siempre con una sonrisa de
condescendencia en la boca. Una mujer bonita que no discuta, que sea
simpática y diga frases amables, que jamás reclame, que abra la boca
solamente para ser correcta, elogiar nuestros actos y celebrarnos
bobadas. Que use las manos para la caricia, para tener la casa
impecable, hacer buenos platos, servir bien los tragos y acomodar las
flores en floreros. Este ideal, que las revistas de moda nos confirman,
puede identificarse con una especie de modelito de las que salen por
televisión, al final de los noticieros, siempre a un milímetro de
quedar en bola, con curvas increíbles (te mandan besos y abrazos,
aunque no te conozcan), siempre a tu entera disposición, en apariencia
como si nos dijeran "no más usted me avisa y yo le abro las piernas",
siempre como dispuestas a un vertiginoso desahogo de líquidos
seminales, entre gritos ridículos del hombre (no de ellas, que
requieren más tiempo, y se quedan a medias).
A los machistas jóvenes y viejos nos ponen en jaque estas nuevas
mujeres, las mujeres de verdad, las que no se someten y protestan, y
por eso seguimos soñando, más bien, con jovencitas perfectas que lo den
fácil y no pongan problema. Porque estas mujeres nuevas exigen, piden,
dan, se meten, regañan, contradicen, hablan, y sólo se desnudan si les
da la gana. Estas mujeres nuevas no se dejan dar órdenes, ni podemos
dejarlas plantadas, o tiradas, o arrinconadas, en silencio, y de ser
posible en roles subordinados y en puestos subalternos. Las mujeres
nuevas estudian más, saben más, tienen más disciplina, más iniciativa,
y quizá por eso mismo les queda más difícil conseguir pareja, pues
todos los machistas les tememos.
Pero estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al
burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas. Ni
siquiera tenemos que mantenerlas, pues ellas no lo permitirían porque
saben que ese fue siempre el origen de nuestro dominio. Ellas ya no se
dejan mantener, que es otra manera de comprarlas, porque saben que ahí
-y en la fuerza bruta- ha radicado el poder de nosotros los machos
durante milenios. Si las llegamos a conocer, si logramos soportar que
nos corrijan, que nos refuten las ideas, nos señalen los errores que no
queremos ver y nos desinflen la vanidad a punta de alfileres, nos
daremos cuenta de que esa nueva paridad es agradable, porque vuelve
posible una relación entre iguales, en la que nadie manda ni es
mandado. Como trabajan tanto como nosotros (o más) entonces ellas
también se declaran jartas por la noche, y de mal humor, y lo más
grave, sin ganas de cocinar. Al principio nos dará rabia, ya no las
veremos tan buenas y abnegadas como nuestras santas madres, pero son
mejores, precisamente porque son menos santas (las santas santifican) y
tienen todo el derecho de no serlo.
Envejecen, como nosotros, y ya no tienen piel ni senos de veinteañeras
(mirémonos el pecho también nosotros, y los pies, las mejillas, los
poquísimos pelos), las hormonas les dan ciclos de euforia y mal genio,
pero son sabias para vivir y para amar, y si alguna vez en la vida se
necesita un consejo sensato (se necesita siempre, a diario), o una
estrategia útil en el trabajo, o una maniobra acertada para ser más
felices, ellas te lo darán, no las peladitas de piel y tetas perfectas,
aunque estas sean la delicia con la que soñamos, un sueño que cuando se
realiza ya ni sabemos qué hacer con todo eso.
Somos animalitos todavía, los varones machistas, y es inútil pedir que
dejemos de mirar a las muchachitas perfectas. Los ojos se nos van tras
ellas, tras las curvas, porque llevamos por dentro un programa tozudo
que hacia allá nos impulsa, como autómatas. Pero si logramos usar
también esa herencia reciente, el córtex cerebral, si somos más
sensatos y racionales, si nos volvemos más humanos y menos primitivos,
nos daremos cuenta de que esas mujeres nuevas, esas mujeres bravas que
exigen, trabajan, producen, joden y protestan, son las más desafiantes,
y por eso mismo las más estimulantes, las más entretenidas, las únicas
con quienes se puede establecer una relación duradera, porque está
basada en algo más que en abracitos y besos, o en coitos precipitados
seguidos de tristeza: nos dan ideas, amistad, pasiones y curiosidad por
lo que vale la pena, sed de vida larga y de conocimiento.
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