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(C) Fliesenstadt
La ciudad en zapatos Imprimir E-Mail
Por Fabio Arévalo Rosero*

¿Se imaginan que en la ciudad pudiéramos dejar delante de la casa o en la calle unos muebles estacionados un par de días? ¿O tumbarse por una semana en la vereda sobre un colchón o una hamaca? Pues un carro sí puede y su dueño quedarse tan campante como si nada. Todos hemos sido testigos de la cantidad de autos que plácidamente se acomodan sobre nuestras veredas, mientras el peatón debe realizar proezas y malabares para esquivar los majestuosos y respetables obstáculos. Ni qué decir de sus amos, los flamantes dueños intocables, si algo se les recrimina o reclama.

Hoy con impotencia vemos cómo el auto particular invade impunemente las calles, coloniza el paisaje, ocupa el subsuelo del espacio público y los jardines deben protegerse con postes o cercas para evitar su incursión. Su ruido de más de 80 decibeles es nuestra banda sonora permanente, sus gases contaminantes nuestro perfume cotidiano y su mugriento manto de hollín, un triste regalo.

La alternativa al carro no es la inmovilidad, sino al contrario, una amplia red de transporte público eficiente y barata. Pero, si además de mejorar el panorama del transporte público, ¿promoviésemos el uso de las piernas? Casi todos tenemos dos, y moverlas es doblemente beneficioso: mejora la salud y nos traslada. Es sorprendente comprobar cómo en 20 ó 30 minutos es posible cruzar gran trecho de la ciudad sin vivir atascos ni producir humos, gozando de nuestro rico paisaje urbano.

Pero claro, caminar a veces resulta un suplicio por tener que ir salvando los innumerables cachivaches que pueblan las veredas, amén de tener que esquivar las motos o ventas ambulantes que campean por las aceras. Cruzar un semáforo puede llegar a ser una proeza olímpica, cruzar a pie un redondel resulta rocambolesco. ¿No debería tener prioridad el ciudadano peatón sobre el auto de algunos ciudadanos? Y aquí todavía seguimos creyendo que los puentes elevados para los carros son soluciones de movilidad.

En la calle apenas el 5% del suelo de la ciudad es verdaderamente de los peatones. Es el momento de una reivindicación tan obvia como pendiente: hay que incentivar el uso de los zapatos, el transporte más ecológico, barato y saludable que tenemos (además de la bicicleta). Por eso, hay que ir avanzando en la peatonización de zonas y ensanchamiento de aceras. No es exagerado decir que contamos con un aceptable espacio público urbano, pero poco estimulado y diseñado para que lo disfrute el caminante. Es hora de que empecemos a “patonear” nuestras ciudades.

*Investigador y consultor en desempeño humano, Colombia.
Edición No. 27 • Junio 2006
 
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