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Por Cristian Medrano “Crosty”
Nuestra querida y hermosa ciudad es un paraíso histórico y cultural, lo que hace que los turistas nacionales e internacionales se sientan maravillados con esta riqueza arquitectónica.
Una de las características del centro colonial de Quito es el estilo barroco, que expresa exageración y sobrecarga. Sin querer maltratar el término que además responde a uno de los movimientos culturales, artísticos y arquitectónicos más importantes de la historia, quiero decir que nuestra urbe se ha vuelto barroca también en las calles y avenidas, y lo digo por la “exageración” de automotores que circulan diariamente.
Una vez más la gente agobiada por la falta de espacio se desahoga con los más vulnerables y los que definitivamente no tenemos la culpa del caos vehicular: los ciclistas. Cayendo en la “exageración” (muy barroca, por cierto) lo último que me tocó escuchar al circular en mi bici por las calles de Quito fue que rompen las veredas. Parecería no haber conexión, pero es que como ciclista me veo enfrentado a reclamos inauditos y no muy amables de parte de choferes y ahora de peatones, que dicen más o menos así:
Peatón: ¡Hey, las veredas son para la gente, se dañan con las bicicletas (y siguen insultos que no puedo escribir aquí).
Chofer: ¡Sal de la vía, loco, la calle es para los autos! (y siguen otros insultos aún más innombrables).
Ciclista (ese soy yo): ¿y entonces, por dónde circulo, señor, señora?
Evidentemente, en Quito reina un estado de estrés colectivo que responde a la falta de espacio, al enfado del peatón al ver invadido su lugar para caminar, porque las veredas se convierten en estacionamientos para autos, que son en realidad los culpables de las veredas rotas (no las bicis). Aun cuando pueda sonar redundante, “esta ciudad no da para más”.
El crecimiento del parque automotor está fuera de control. Tal vez ciertas autorida autoridades de turno o la sociedad entera deberían sentirse responsables de esta situación. Más allá del hecho de que las bicicletas dañen o no las veredas, la cuestión es que los ciclistas no tenemos un espacio por donde circular con tranquilidad y seguridad. Solo queremos llamar al respeto mutuo que debe existir en las vías, a ese sentido de convivencia en el que la tolerancia sea lo primordial, en el momento de interpelar (o insultar) a los ciclistas urbanos. Y mientras esperamos a que aparezcan pronto las “cicloveredas irrompibles”, ciclocalles o mejor dicho ciclovías, les invito a que saquen sus bicis a la calle porque no son un elemento de la bodega... ¡Úsenlas!
Edición No. 27 • JUnio 2006
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